COMENTARIO
El envío del cuervo y de la paloma indican la ansiedad y la esperanza de los ocupantes del arca por alcanzar la salvación; además, pone de relieve la sabiduría de Noé y, una vez más, la armonía que debe reinar entre el hombre y los animales para conseguir efectos saludables. A partir de este memorable episodio, tanto la paloma como la rama de olivo han adquirido el simbolismo de paz y de colaboración que hoy tienen en la civilización moderna.
En la tradición cristiana, la paloma vino a ser una figura del Espíritu Santo. Apoyándose en esta imagen, Ruperto de Deutz ofrece una aplicación espiritual de todo este pasaje: «La paloma que Noé envió del arca, significa al Espíritu Santo. Y la envió tres veces, porque cada alma fiel saca de los sacramentos de Cristo o de la Iglesia una triple gracia del Espíritu Santo. La primera gracia es la remisión de los pecados; la segunda, la distribución de los diversos dones; la tercera, la remuneración en la resurrección de los muertos. (…) Por tanto, el primer envío de la paloma significa la remisión de los pecados que Cristo, el verdadero Noé, envió inmediatamente después de su resurrección, cuando sopló y dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, le son retenidos” (Jn 20,23). (…) Enviada por segunda vez, la paloma regresó al atardecer, trayendo en su pico una hoja verde de olivo, porque por segunda vez fue dado el Espíritu Santo a los apóstoles el día de Pentecostés, el cual, al final de la vida de cada uno de ellos, les llamó al descanso de la Iglesia celestial con el eterno premio de la paz perfecta. Enviada la paloma por vez tercera, ya no volvió, porque después de la resurrección de los muertos —que será la tercera efusión del Espíritu Santo— ya no serán enviados para volver otra vez, porque saldrán no para trabajar, sino para reinar eternamente. Así también a los elegidos esta misma paloma les llega tres veces: primero, cuando son bautizados para la remisión de los pecados; segundo, al recibir la imposición de manos del obispo; tercero —como ya he dicho— en la resurrección de los muertos.» (Commentarium in Genesim 4,23).