COMENTARIO

 Gn 8,15-19 

Con la orden dada por Dios (v. 15) de salir del arca queda claro que no es el hombre quien toma la iniciativa, sino Dios mismo quien hace donación al hombre y a los animales de una tierra rejuvenecida y renovada. A partir de ahora el Señor no abandonará a los hombres. La tierra ha sido purificada de la humanidad pecadora y comienza un período nuevo al ser poblada por Noé y sus hijos. El elemento de purificación han sido las aguas del diluvio, a través de las cuales también se ha salvado Noé en el arca. El agua adquiere aquí un doble simbolismo: de destrucción y purificación del mal por una parte, y de medio de salvación y comienzo de una etapa nueva por otra. Este simbolismo del agua se acentuará aún más en el paso del Mar Rojo, cuyas aguas fueron causa de muerte para los egipcios, y de salvación para los israelitas (cfr Ex 14,15-31). Este mismo simbolismo está presente en el sacramento del Bautismo en el cual, mediante el agua, Dios borra el pecado y hace renacer al hombre a una nueva vida. La analogía entre el diluvio y el Bautismo la encontramos ya en el Nuevo Testamento, cuando se dice que en el arca «unos pocos —ocho personas— fueron salvados a través del agua. Esto era figura del bautismo, que ahora os salva, no por quitar la suciedad del cuerpo, sino por pedir firmemente a Dios una conciencia buena, en virtud de la resurrección de Jesucristo» (1 P 3,20-21).

La tradición cristiana profundizó la tipología del diluvio y del arca siguiendo esa misma línea. Escribe San Beda: «El arca significa la Iglesia; el diluvio, el agua del bautismo, por la que la Iglesia, en todos sus miembros, es lavada y santificada» (Hexaemeron 2: in Gn 6,13-14). En la bendición del agua bautismal durante la Vigilia Pascual, la liturgia invoca a Dios recordando el diluvio: «Oh Dios que, incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad» (Misal Romano, Vigilia Pascual, n. 42). cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1219.

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