COMENTARIO

 Gn 8,20-22 

El autor sagrado resalta este primer sacrificio ofrecido a Dios por la humanidad surgida del diluvio. De esta forma se expresa tanto el reconocimiento de Dios por parte del hombre, como la aceptación y complacencia divinas ante este gesto de la humanidad. Descrita en forma antropomórfica, esa complacencia divina se manifiesta especialmente en el propósito, por parte de Dios, de no castigar al hombre en el futuro, pues está inclinado al mal por su propia naturaleza heredada de Adán. Por eso, ante la debilidad del hombre, Dios se compromete a mantener por siempre el orden cósmico impuesto en la creación.

Dar a Dios el culto debido —tanto interno, como externo— forma parte de las obligaciones que el hombre lleva inscritas en su naturaleza. En efecto, mediante el culto y, en concreto, mediante alguna forma de sacrificio, el hombre reconoce a Dios como su Creador y Señor, a quien debe todo lo que es y tiene, incluso la propia vida. Ese reconocimiento de Dios es una forma de oración, pues «la oración —enseña el Catecismo de la Iglesia Católica— se vive primeramente a partir de las realidades de la creación. Los nueve primeros capítulos del Génesis describen esta relación con Dios como ofrenda hecha por Abel de los primogénitos de su rebaño (cfr Gn 4,4), como invocación del nombre divino por Enós (cfr Gn 4,26), como “caminar con Dios” (cfr Gn 5,24). La ofrenda de Noé es “agradable” a Dios que le bendice y, a través de él, bendice a toda la creación (cfr Gn 8,20-9,17), porque su corazón es justo e íntegro; también él “camina con Dios” (cfr Gn 6,9). Este carácter de la oración ha sido vivido en todas las religiones, por una muchedumbre de hombres piadosos. En su alianza indefectible con todos los seres vivientes (cfr Gn 9,8-16), Dios llama siempre a los hombres a orar. Pero, en el Antiguo Testamento, la oración se revela sobre todo a partir de nuestro padre Abrahán» (n. 2569).

Por otra parte, desde una perspectiva cristiana, los diferentes sacrificios que se mencionan a lo largo de la historia de la salvación, tal como viene narrada en el Antiguo Testamento, son figuras proféticas que apuntan hacia el sacrificio perfecto y definitivo que Cristo ofreció en la Cruz, y que se perpetúa, a través de los siglos, en el santo Sacrificio de la Misa. Comentando nuestro pasaje, San Beda observa: «Como Abel consagró el inicio de la primera edad del mundo mediante un sacrificio a Dios, así Noé el inicio de la segunda»; y —después de recordar los sacrificios ofrecidos por Abrahán, Melquisedec, los patriarcas, reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento— continúa diciendo: «Todos estos sacrificios eran figuras de nuestro supremo Rey y verdadero sacerdote que en el altar de la santa cruz ofreció a Dios la hostia de su cuerpo y su sangre» (Hexaemeron 2: in Gn 8,21).

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