COMENTARIO
En el texto sagrado, se describe ahora el nuevo orden de cosas surgido del diluvio. Noé y sus hijos reciben de Dios, en primer lugar, las mismas bendiciones que Adán y Eva después de ser creados: la fecundidad y el dominio sobre la tierra; a continuación reciben una nueva disposición divina: que los animales les sirvan de alimento, pues, según el hilo de la narración bíblica, antes de la caída, en el paraíso (cfr 1,29) sólo disponían de las plantas. Ahora, en la nueva situación de la humanidad, después del pecado original, se ha roto la paz de los orígenes y ha aparecido la violencia en la creación. Por último, Dios les prohíbe dos cosas: comer carne con sangre, y el homicidio. La primera de ellas refleja la cultura de una época en la que se consideraba la sangre sede de la vida; por tanto, incluso cuando se trata de animales, esa vida se ha de respetar de algún modo, cuidando de no comer carne que tenga sangre y reconociendo así que la vida es de Dios. La segunda prohibición hace referencia a la vida humana, que siempre es sagrada porque todo hombre —vuelve a recordarse— es imagen y semejanza de Dios. Como en el caso de Caín y Abel, Dios no permanece indiferente cuando se arrebata la vida a un ser humano, cualquiera que sea.