COMENTARIO

 Gn 11,1-9 

Este texto continúa presentando el crecimiento del mal entre la humanidad (cfr 8,21; 9,20-27), y, como una de sus consecuencias, la dispersión y la ruptura de la unidad establecida originariamente por Dios. En efecto, el texto sagrado habla primero de la humanidad todavía bien unida, como viniendo de Oriente, donde habría tenido lugar su origen, y estableciéndose en las llanuras de Mesopotamia, llamadas Sinar (cfr 10,10). Pero es una humanidad llena de orgullo y de soberbia, que quiere ser famosa y tener garantizada su seguridad por sí misma, llegando hasta el cielo. Tal actitud queda reflejada en la construcción de aquella imponente torre, de la que pueden dar idea las torres–templo de Mesopotamia, los zigurats, en cuyas altas terrazas los babilonios creían tener acceso a la divinidad, dominándola.

Al mismo tiempo, el texto viene a explicar por qué existen tantas lenguas, considerando este hecho como un signo de la división e incomprensión entre los hombres y los pueblos. Se apoya en el significado popular de la palabra Babel, en relación con la hebrea balbalah, confusión; pues, en realidad, Babel significa «puerta de Dios». Son procedimientos literarios empleados para exponer convicciones profundas: en este caso, que la desunión de la humanidad es fruto de su soberbia y de su pecado.

Babel se convierte así en lo contrario a Jerusalén, ciudad a la que según los profetas confluirán todos los pueblos (cfr Is 2,2-3). Y será en la Iglesia, nueva Jerusalén, donde los hombres de todos los pueblos, razas y lenguas se unirán en la fe y en el amor, tal como queda reflejado en el acontecimiento de Pentecostés (cfr Hch 2,1-13). Aquí, al revés que en Babel, todos comprenderán la misma lengua. En la historia de la humanidad, en efecto, la Iglesia es como signo o sacramento de la unión de los hombres con Dios y de la unidad de todo el género humano (cfr Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 1).

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