COMENTARIO
Un episodio similar, con ligeras variaciones, se vuelve a contar otra vez de Abrahán (cfr 20,1-18) y más tarde de Isaac (cfr 26,1-13). Con estos relatos se resalta la belleza de sus mujeres (madres del pueblo elegido), las dificultades por las que pasaron y su habilidad para solucionarlas, así como, sobre todo, la protección divina sobre ellos.
La bajada de Abrahán a Egipto está en consonancia con el tipo de vida seminómada que se le atribuye, y con los desplazamientos propios de aquella gente. En el libro del Génesis adquiere, sin embargo, un significado particular. El hambre en el país de Canaán es como la primera prueba que Abrahán debe soportar, y por ello busca otra tierra, Egipto, cuya riqueza era legendaria (cfr 13,10). Pero no es allí donde debe permanecer, sino que volverá al lugar donde había construido un altar e invocado el nombre del Señor (cfr 13,4).
Es importante observar cómo Dios sale en Egipto en defensa de Abrahán y en defensa de su matrimonio con Sara, a pesar de la actitud del patriarca, que, por miedo, está a punto de abandonar a su esposa, a la elegida por Dios para ser madre de su descendencia. Se quiere resaltar que el Señor no es como un Dios local, vinculado a un santuario, sino un Dios personal, que protege a su siervo en cualquier parte que se encuentre. Este pasaje nos enseña, por tanto, a confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso cuando la debilidad y el miedo nos inducen a abandonar los planes de Dios sobre nosotros: «Confía siempre en tu Dios. Él no pierde batallas» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 733). En la siguiente versión del suceso (cfr 20,1-18), se justifican las palabras del patriarca, señalando que Sara, su esposa, era al mismo tiempo su hermana por parte de padre.