COMENTARIO
Abrahán prospera en la tierra que Dios le ha prometido, lo cual es ya un signo de la bendición divina. Pero todavía ha de superar otra prueba: las discordias en la propia familia por causa de los pastos. Sobresale ahora la actitud pacificadora del patriarca, que permite a Lot elegir la parte del territorio que quiera. La conducta de Abrahán es como un nuevo acto de fe en la promesa divina, aceptando que Dios da la tierra a quien quiere. Tras la separación de Lot, en efecto, Dios vuelve a reafirmar con fuerza la promesa de la descendencia y de la tierra, y Abrahán la recorrerá, por orden divina, como señal de toma de posesión. Por fin se establece en Hebrón, al sur de Palestina, en los límites del desierto del Négueb.
Lot ha elegido la parte más rica, la vega del Jordán; pero también, señala el hagiógrafo, la cercanía de la ciudad del pecado, Sodoma. Lot lamentará más tarde esta decisión (cfr cap. 19). La narración parece reflejar una configuración geográfica sin la existencia del Mar Muerto, al menos tal como se encuentra ahora.
San Juan Crisóstomo observa, a propósito de este pasaje, cómo la paz familiar fue turbada por causa de las riquezas: «Aumentaron los ganados, se multiplicaron los rebaños, obtuvieron grandes riquezas y en seguida se rompió la concordia. Antes había paz y unión en el amor, ahora riñas y peleas. Porque cuando existe lo mío y lo tuyo, surgen toda clase de litigios; cuando esto no existe, se da la concordia y la paz verdadera» (Homiliae in Genesim 33,3).