COMENTARIO

 Gn 14,1-16 

Este episodio en su conjunto encaja en el revuelto contexto histórico de Siria y Palestina durante los siglos XIX-XVII a.C., en los que eran frecuentes las guerras locales de unos reyezuelos contra otros. Aquí parece que se trata de una incursión de reyes del norte que asolan Transjordania y el valle del Jordán. Sus nombres no son identificables en lo que se conoce de la historia de aquella época, aunque presentan parecidos con nombres jurritas (o hurritas) y elamitas. Al ser recogido este recuerdo en el texto del Génesis, se destaca la valentía de Abrahán, al mismo tiempo que su fidelidad familiar, su lealtad y su magnanimidad, saliendo en ayuda de Lot. Éste, por su parte, sufre las consecuencias de haber ido a habitar junto a Sodoma, y es salvado, él y sus posesiones, gracias a la intervención de Abrahán. Por otra parte, el episodio manifiesta que, aún después de la llamada divina a Abrahán, siguen existiendo la violencia y la guerra sobre la tierra.

Contemplando la figura de Abrahán, y especialmente este pasaje, aprendemos de la Sagrada Escritura que la respuesta al designio divino lleva consigo la preocupación magnánima por los demás: «Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus últimas fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 80).

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