COMENTARIO

 Gn 17,1 

«El-Saday» es el nombre con el que los patriarcas designan frecuentemente a Dios (cfr 28,3; 35,11; 43,14; 48,3; 49,25), pues todavía no se había revelado el nombre de «Yahwéh» (cfr Ex 3,13-14). Siguiendo la antiquísima versión griega llamada de los Setenta, se suele traducir por «Dios omnipotente», aunque también pudiera significar «Dios de las montañas», o «Dios de la abundancia». Al recordar los nombres con que los patriarcas se referían e invocaban a Dios, la Biblia está presentando, por una parte, la identidad del Dios que adoraron los patriarcas con Yahwéh, el Dios de la alianza del Sinaí; y, por otra, el progreso en la revelación que Dios hace de sí mismo a lo largo de la historia.

A Abrahán se le pide vivir en la presencia de Dios y ser perfecto. Ambas realidades van íntimamente unidas: «Ésta es la única manera de mantenerse sin tropiezo —señala Clemente de Alejandría—: tener presente que Dios está siempre a nuestro lado» (Paedagogus 3,33,3). Por primera vez aparece en la Biblia el imperativo divino «sé perfecto» dirigido a un hombre, Abrahán. Esta llamada se hará extensiva a través de Jesucristo a todos los hombres (cfr Mt 5,48).

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