COMENTARIO

 Gn 18,16-33 

En su intercesión por Sodoma y Gomorra, Abrahán argumenta desde una visión de responsabilidad colectiva, tal como era entendida antiguamente en Israel: todo el pueblo participaba de la misma suerte, aunque no todos hubiesen pecado, pues el pecado de unos afectaba a todos. Según aquella antigua mentalidad, si en la ciudad hubiese habido suficiente número de justos —Abrahán no se atreve a bajar de diez— Dios no la habría destruido. Tal forma de pensar refleja, al mismo tiempo, cómo la salvación de muchos, incluso pecadores, puede venir por la fidelidad de unos pocos justos, y prepara así el camino para comprender cómo la salvación de toda la humanidad se realiza por la obediencia de uno solo, Jesucristo.

El desenlace del episodio de Sodoma y Gomorra muestra que Dios, aunque destruye esas ciudades, salva a los justos que vivían en ellas. Dios no castiga al justo con el pecador, como pensaba Abrahán, sino que hace perecer o salva a cada uno según su conducta. Esta verdad, que aparece en la Biblia desde el principio, se pondrá especialmente de relieve en la enseñanza de los profetas, sobre todo en Jeremías y Ezequiel (cfr Jr 31,29-30; Ez 18), que destacan la responsabilidad individual y personal ante Dios.

Volver a Gn 18,16-33