COMENTARIO
A raíz de este pasaje bíblico, las relaciones homosexuales reciben también el nombre de «sodomía». Aquí se pone de relieve la gravedad de tal pecado, aumentada además, en este caso, por constituir una violencia contra el derecho de asilo que acompañaba la hospitalidad. En la Sagrada Escritura, los pecados de homosexualidad son presentados como depravaciones graves: la Ley de Moisés lo castigaba con la muerte (cfr Lv 20,13), y, en el Nuevo Testamento, se consideran punto culminante de la degradación humana cuando los hombres no quieren vivir según la ley de Dios (cfr Rm 1,26-27; 1 Co 6,9; 1 Tm 1,10). Apoyándose en la Sagrada Escritura, la Tradición ha declarado siempre que «los actos homosexuales son intrínsecamente malos» (Congregación para la doctrina de la Fe, Persona humana, n. 8). «Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No pueden recibir aprobación en ningún caso» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357).
En nuestro tiempo —enseña este mismo Catecismo de la Iglesia Católica— «un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianos, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición» (n. 2358).