COMENTARIO
La historia de Abrahán termina propiamente con este episodio que muestra el cumplimiento inicial de la promesa de la tierra hecha por Dios al patriarca. En efecto, al adquirir en propiedad un sepulcro y una tierra deja de ser un mero forastero residente y adquiere derechos sobre este país.
El estilo de la narración y las fórmulas de cortesía empleadas, así como la forma en que se desarrolla la compraventa, indican, por su parecido a las costumbres hititas, la antigüedad de la tradición de este suceso. Los hititas, o hijos de Het, formaron un gran imperio en Asia Menor durante el segundo milenio a.C. No se explica fácilmente su presencia en Canaán durante la época de Abrahán, a no ser que se piense en que fueran a residir allí algunos grupos aislados. También puede suponerse que la denominación «hititas» responde a una forma genérica de indicar que los habitantes del país no eran semitas. En cualquier caso, lo que quiere resaltar el texto es que ya durante la vida de Abrahán comienza a cumplirse aquella promesa, aunque sea mediante un procedimiento de compra, y de forma casi meramente simbólica. Con esto contrastará la posterior donación gratuita de toda la tierra a los descendientes de Abrahán por parte de Dios.