COMENTARIO
De nuevo, como ocurriera ya con Sara (cfr 16,1), se resalta la esterilidad de Rebeca, para mostrar que la promesa se va a ir cumpliendo gracias a la intervención de Dios. Se pone asimismo de relieve cuál va a ser el destino de los hijos engendrados por Rebeca: dos pueblos que lucharán uno contra el otro, imponiéndose al final el menor. La historia de Israel y Edom responde al destino previsto por Dios en el origen mismo de esos dos pueblos.
La palabra del Señor tiene aquí la forma de un oráculo que predice lo que va a ocurrir, y, por tanto, el camino por el que Dios llevará a cabo su proyecto de salvación. Ese camino es distinto del que preveía Isaac, quien consideraba al hijo mayor, el primogénito, heredero de la bendición y, en consecuencia, de la promesa divina. Pero Dios elige a quien quiere con absoluta libertad, y, en este caso, como ya hiciese con Abel y con el mismo Isaac, la elección recae sobre el hijo menor. «El apóstol San Pablo —observa San Agustín— trata de colegir de aquí un gran testimonio en pro de la gracia. Y se funda en que antes de nacer y sin haber obrado ni bien ni mal, sin méritos buenos de ninguna clase, es elegido el menor y reprobado el mayor (cfr Rm 9,11-12), cuando en realidad, respecto al pecado original, ambos eran iguales, y, respecto al pecado personal, ambos carecían de él» (De civitate Dei 16,35).
Esa forma de actuación de Dios se descubre también en la vocación cristiana. Considerando la llamada de los discípulos elegidos por el Señor, comenta San Josemaría Escrivá: «Algo semejante ha sucedido con nosotros. Sin gran dificultad podríamos encontrar en nuestra familia, entre nuestros amigos y compañeros, por no referirme al inmenso panorama del mundo, tantas otras personas más dignas que nosotros para recibir la llamada de Cristo. Más sencillos, más sabios, más influyentes, más importantes, más agradecidos, más generosos. (…) Pero me doy cuenta también de que nuestra lógica humana no sirve para explicar las realidades de la gracia. Dios suele buscar instrumentos flacos, para que aparezca con clara evidencia que la obra es suya» (Es Cristo que pasa, n. 3).