COMENTARIO

 Gn 25,24-26 

Como es frecuente en los relatos de nacimientos, los nombres de los niños se explican mediante el recurso a etimologías populares. Aquí el nombre de Esaú se asocia al color rojo —asociación que responde más bien al nombre de Edom—, y a la zamarra de piel con pelo significada en el nombre de Seír, lugar donde habitaría Esaú. El nombre de Jacob se asocia al de talón, por las circunstancias de su nacimiento.

En el v. 26 leemos que Isaac tenía 60 años cuando nacieron Esaú y Jacob, mientras que el v. 20 dice que tenía 40 cuando se casó y empezó a rezar por su esposa que era estéril. Fueron, por tanto, 20 años de oración. Este detalle da pie a San Juan Crisóstomo para comentar que «también nosotros, imitando a aquel justo, hemos de ser constantes en nuestras oraciones, cuando pedimos algo a Dios. Pues si aquel justo, dotado de gran virtud y teniendo tanta gracia ante Dios, se comportó con tal constancia y esfuerzo, orando continuamente a Dios para que remediara la esterilidad de Rebeca, ¿qué decir de nosotros que estamos oprimidos por el gran peso de nuestros pecados? En cambio, si ponemos esfuerzo y diligencia durante poco tiempo, nos desanimamos y abandonamos a no ser que seamos escuchados enseguida» (Homiliae in Genesim 49,1).

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