COMENTARIO
En este capítulo se recogen diversos episodios relacionados únicamente con Isaac, muy semejantes a los que se han contado antes sobre Abrahán: el hacer pasar a su mujer por hermana (cfr 12,11-20; 20,2-18); las contiendas sobre los pozos del desierto (cfr 21,25-34); las apariciones de Yahwéh y el levantar un altar (cfr 12,8; 15,1-21; etc.). Isaac se comporta de una manera semejante a como lo había hecho Abrahán. En el conjunto, Isaac es presentado como el portador de la promesa divina entre Abrahán y Jacob. De hecho, Dios reitera la promesa a Isaac en atención al juramento que había hecho a Abrahán (cfr v. 3) y a la fidelidad de éste (cfr v. 5). Isaac representa —y ésta es su grandeza en la historia de la salvación— la continuidad de la promesa y de la bendición que Dios había otorgado a Abrahán. En este sentido, la figura de Isaac nos enseña que cada persona, siendo heredera de los dones que Dios ha otorgado a generaciones anteriores, coopera, con su fidelidad, a que Dios lleve adelante sus proyectos salvíficos. «Ninguna vida humana —escribe San Josemaría Escrivá— es una vida aislada, sino que se entrelaza con otras vidas. Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad» (Es Cristo que pasa, n. 111).