COMENTARIO
Dios bendice el trabajo de Isaac en la tierra de Canaán, concediéndole abundantes cosechas y una gran riqueza, como le había concedido también a Abrahán (cfr 13,2). Las riquezas son, en este caso, fruto del trabajo del patriarca y, al mismo tiempo, signo de la bendición divina. La Sagrada Escritura no condena las riquezas en sí mismas, ni el poseerlas legítimamente; sí condena, en cambio, el apego a las mismas y el poner en ellas la confianza (cfr Lc 12,13-21). La Iglesia, en relación a los bienes temporales, enseña que «el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 69).