COMENTARIO

 Gn 26,15-33 

Isaac pasa por problemas similares a los que había tenido Abrahán (cfr 21,25-34), y mantiene, como su padre, una actitud pacífica hacia los habitantes de aquella tierra. Primero se va retirando hacia el sur aun a costa de ceder en sus derechos; más tarde aceptando el pacto que le ofrece Abimélec (cfr vv. 26-30). Dios premia tal actitud concediendo al patriarca nuevos hallazgos de agua, y prosperidad (cfr vv. 22 y 32); pero, sobre todo, revelándosele en Berseba.

Los nombres de los pozos recuerdan algún episodio del tiempo en que se excavaron. Sobre la etimología de Berseba, cfr 21,28-31.

Dios se revela a Isaac como el Dios de su padre Abrahán (v. 24) y, por tanto, como un Dios personal que quiere definirse por su relación de amistad con el hombre. Más tarde Dios se revelará a Moisés diciéndole «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Ex 3,6). De esta forma queda patente la identidad entre el Dios al que adoraron los patriarcas y el que hizo la Alianza en el Sinaí; y, al mismo tiempo, su cercanía y vinculación con el pueblo de Israel. La designación de Dios como Dios de una persona y, en concreto, como Dios de los patriarcas, y más tarde de nuestro Señor Jesucristo (cfr Ef 1,3), nos lleva a considerarle también como nuestro Dios personal, en cuanto que estamos unidos a aquella persona con la que Dios entró en una relación especial.

«Yo estoy contigo» dice el Señor a Isaac, y lo dice a todos aquellos que creen en Él como Abrahán. «Es preciso convencerse —enseña San Josemaría Escrivá— de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos» (Camino, n. 267).

Volver a Gn 26,15-33