COMENTARIO

 Gn 27,26-29 

La bendición de Isaac a Jacob evoca la excelencia de este hijo, la fecundidad de la tierra y el señorío sobre los pueblos. Las tres cosas están relacionadas con la llamada a Abrahán y la promesa de una tierra y una descendencia numerosa, como se señalará explícitamente un poco más adelante, cuando Isaac reafirma su bendición sobre Jacob después de haber conocido el engaño (cfr 28,3-4). La Carta a los Hebreos (cfr Hb 11,20) enseña que tanto esta bendición, como la recibida por Esaú (cfr Gn 27,39-40), Isaac las pronunció movido por la fe y en orden al futuro, es decir, en orden a Cristo en la plenitud de los tiempos. De ahí que San Agustín interprete que «la bendición de Jacob significa la predicación del nombre de Cristo en todas las naciones. (…) Isaac es figura de la Ley y de los Profetas. La Ley bendice a Cristo por boca de los judíos, como sin conocerle, porque también ella es desconocida. El mundo, como un campo, es perfumado por el nombre de Cristo. De él es la bendición del rocío y del cielo, es decir, de esa lluvia de la palabra divina, y de la fertilidad de la tierra, o sea, de la vocación de los pueblos. Suya es la abundancia de vino y de trigo, es decir, la multitud que en el sacramento de su cuerpo y de su sangre recibe el pan y el vino. (…) Los hijos de su padre, es decir, los hijos de Abrahán según la fe, le adoran, porque él es también hijo de Abrahán según la carne. Quien le maldijere es maldito y el que le bendijere es bendito. Este Cristo nuestro, repito, es bendecido, o sea, es verazmente predicado por boca de los judíos, depositarios de la Ley y de los Profetas, aunque no comprenden y piensan que bendicen a otro que en su error esperan» (De civitate Dei 16,37).

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