COMENTARIO
Procediendo de Dios directamente o de quien con autoridad le representaba, las bendiciones, como también la maldiciones, una vez pronunciadas eran irrevocables y tenían eficacia por sí mismas, al margen de las circunstancias que las provocasen. Esta convicción que se refleja en la Biblia no responde a una concepción mágica de tales ritos, sino a la seriedad con que se entiende la fuerza y el poder de la palabra, cuando ésta procede de quien tiene autoridad para pronunciarla.
Tal es el caso de las bendiciones de los patriarcas. Éstas, como comenta San Ambrosio, «muestran cuánta reverencia hemos de tener a los padres, ya que, como aquí leemos, quien es bendecido por el padre, bendecido queda. Por tanto Dios da a los padres esta gracia para suscitar la piedad de los hijos pues (la bendición) es prerrogativa de los padres, la obediencia, de los hijos» (De benedictionibus Patriarcharum 1,1).