COMENTARIO
La intervención de Rebeca no sólo salva a Jacob, sino también a Esaú, ya que si éste hubiese dado muerte al primero se hubiese tenido que convertir en un fugitivo o morir también bajo la ley de la venganza de sangre. Rebeca da muestras de buen sentido pensando que con paciencia y el paso del tiempo podría arreglarse aquella situación dramática. Sin embargo, según continuará después la narración, Rebeca no volvió a ver a Jacob.
«Aprendamos, pues, de Rebeca, cómo se ha de procurar que la envidia no suscite la ira, y la ira desemboque en parricidio. Acérquese Rebeca, es decir, la paciencia, el buen guardián de la inocencia; persuádanos para no dar un cauce a la ira. Alejémonos un poco de quien sea, hasta que con el tiempo aminore la indignación, y llegue poco a poco el olvido de la ofensa» (S. Ambrosio, De Iacob et vita beata 2,4,14).