COMENTARIO
La narración continúa con esta escena en la que se recoge la primera aparición de Dios a Jacob confirmándole la promesa hecha anteriormente a Abrahán, y se recuerda, al mismo tiempo, la fundación del santuario de Betel. Es significativo que los sucesos ocurran en tierra de Canaán, pues ésta es la tierra que Dios promete, y a la que Jacob y sus hijos habrán de volver más tarde. Tras la subida de Egipto y la conquista de la tierra, los israelitas consultaron a Yahwéh en Betel (cfr Jc 20,18.26-28); y tras la separación de los dos reinos, a la muerte de Salomón, Betel se convirtió en uno de los centros religiosos más importantes del Reino del Norte (cfr 1 R 12,26-33).
En el contexto en que está insertado, el relato del sueño de Jacob muestra cómo el patriarca, fortalecido por Dios que le ha mostrado sus designios, podrá afrontar los largos años que le tendrán alejado de la tierra prometida. Solamente al volver Jacob de nuevo a ella, el Señor se le aparecerá por segunda vez (cfr 32,22-32). Entretanto, mientras busca esposa en casa de Labán, no tendrá ninguna manifestación similar de parte de Dios. Así actúa el Señor también con nosotros, permitiendo que, a veces, durante un tiempo, no sintamos con claridad su presencia. «Me confiabas —escribe San Josemaría Escrivá— que Dios, a ratos, te llena de luz; en otros, no. Te recordaré, con firmeza, que el Señor es siempre infinitamente bueno. Por eso, para seguir adelante, te bastan esos tiempos luminosos; aunque los otros también te aprovechan, para hacerte más fiel» (Surco, n. 341).