COMENTARIO
Una vez más la revelación divina pone de manifiesto que la elección del pueblo de Israel —ahora confirmada a Jacob— tenía como finalidad que la bendición de Dios llegase a todos los pueblos (cfr 12,3), y que todos los hombres, creados por Dios a su imagen y semejanza (cfr 1,26), fuesen beneficiarios de la elección. Que Dios elija a un pueblo no significa una limitación de su bondad, sino el medio previsto por Él mismo, Creador de todos, para que a todos llegue su llamada paternal. «Con el misterio de la creación —enseña San Juan Pablo II— está vinculado el misterio de la elección, que ha plasmado de una manera particular la historia del pueblo cuyo padre espiritual es Abrahán en virtud de su fe. Sin embargo, mediante este pueblo que camina a lo largo de la historia, tanto de la Antigua como de la Nueva Alianza, este misterio de la elección se refiere a cada hombre, a toda la familia humana: “Con amor eterno te amé, por eso te he mantenido mi favor” (Jr 31,3)» (Dives in misericordia, n. 31).