COMENTARIO
El matrimonio de Jacob tiene especial relevancia porque de él provienen las doce tribus de Israel; el autor sagrado presenta quién es cada una de las madres en un relato cargado de detalles significativos, de trazos irónicos y de matices curiosos.
Labán, que parecía un hombre acogedor y hospitalario (vv. 13-14), se perfila ahora como defensor de sus intereses económicos (v. 15) y del porvenir de sus hijas. Pasa de ser un amigo a ser contrincante de Jacob, a quien pretende superar en astucia.
Jacob va mostrando sus cualidades y sus limitaciones: apasionado por Raquel acepta dos períodos de siete años de servidumbre para pagar la dote (el mohar) a Labán, prefigurando los grandes períodos de servidumbre que Israel tendrá que soportar a lo largo de su historia. Con resignación asume el engaño del cambio de esposa porque sabe que los derechos legales favorecen a la mayor de las hermanas (v. 26), a pesar de que él, siendo el menor, había alcanzado los privilegios que correspondían a Esaú. Aceptando el engaño, es capaz de compaginar su amor por Raquel con la responsabilidad adquirida con Lía. Para las dos será un buen esposo y, a la vez, las dos tendrán un importante protagonismo.
Lía, que será madre de Judá y, por tanto, ascendiente de David, es presentada con enorme dignidad: no goza de grandes encantos naturales, pero tiene todos los derechos, como primogénita de Labán y como primera esposa de Jacob.
Raquel, por su parte, que dará origen a las tribus de José y Benjamín, es la predilecta de Jacob, la más atractiva y también la que más sufrimientos acarreará al patriarca.
Y, por encima de todos estos personajes, el protagonista es Dios que utiliza las circunstancias, los valores, y las limitaciones de cada uno, para llevar adelante su plan de formar un pueblo que vendrá a ser depositario de la salvación. Él, que ha elegido al patriarca Jacob, elige también y, por caminos distintos, a las que van a ser progenitoras del pueblo.
En esta hermosa historia no puede extrañar que algunas deficiencias morales, como engaños, pasiones o poligamia, pasen a segundo plano; el autor sagrado no pretende basar la eficacia del plan divino en la perfección de sus protagonistas humanos, sino en la iniciativa permanente de Dios. De este modo el lector de entonces y el de hoy comprenden que, aun con limitaciones y hasta con defectos, cada uno ha sido llamado a colaborar eficazmente en el plan de salvación de los hombres.