COMENTARIO
En hebreo la palabra para decir «mandrágora» viene de la misma raíz que la que significa «amado», y es sabido que entre los antiguos se atribuía a esta planta el efecto de suscitar el amor y dar fecundidad. Sin embargo, en el texto se percibe una falta de ilación en su desarrollo, ya que la fecundidad de Raquel no se debe a las mandrágoras, sino a la voluntad del Señor que «la hizo fecunda» (v. 22). Se refleja la preferencia de Jacob por Raquel a pesar de no darle hijos, y cómo ésta recurre a todos los medios humanos que conoce para poder llegar a ser madre; pero en definitiva —tal es el sentido del pasaje— la maternidad es un don de Dios.
El nombre de José, de manera similar a como sucede con los nombres anteriores, se relaciona con dos acciones divinas: quitar —«Dios ha quitado mi afrenta»—, y añadir —«el Señor me añada otro hijo»—. Las expresiones de Raquel manifiestan el gran oprobio que para una mujer casada significaba, en aquella época, el no tener hijos. Jacob, sin embargo, sigue enamorado de Raquel con amor preferencial. Esto es reflejo de que aun dentro de la imperfección de aquel matrimonio polígamo, la institución matrimonial no era considerada solamente para la procreación, sino que incluía la comunión de vida y amor entre los cónyuges. En efecto, hoy comprendemos mejor que «el matrimonio, aunque falte la descendencia, sigue en pie, como intimidad y participación de la vida toda, y conserva su valor fundamental y su indisolubilidad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 50). Los esposos que no tienen hijos contra su voluntad, están también llamados a vivir su vocación matrimonial y a dar a su paternidad y maternidad una proyección más amplia que la de la propia prole. «Ciertamente hay matrimonios a los que el Señor no concede hijos: es señal entonces de que les pide que se sigan queriendo con igual cariño, y que dediquen sus energías —si pueden— a servicios y tareas en beneficio de otras almas» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 27).