COMENTARIO
Jacob se ha hecho suficientemente rico y fuerte como para suscitar la envidia en el clan de Labán y sentirse él mismo, por su parte, capaz de volver a Canaán y encontrarse con su hermano Esaú. Así es como se ha ido cumpliendo la bendición que Isaac pronunció sobre Jacob (cfr 28,1-5), y que constituye el trasfondo de todo este relato. Pero la salida de la casa de Labán no va a ser fácil y el autor sagrado la va a narrar ahora descubriendo en ella la voluntad expresa y la ayuda directa de Dios, que estaba como velada en los capítulos anteriores. El enriquecimiento de Jacob, que antes se había presentado desde una óptica humana y natural, ahora se contempla como una intervención directa de Dios en favor del patriarca (cfr v. 9) y no tanto como fruto de su astucia.
En el desarrollo de la historia se mencionan, primero, los preparativos para la marcha de Jacob (cfr 31,1-16); después, su huida (cfr 31,17-21), y la persecución por parte de Labán (cfr 31,22-25), y, por último, la discusión y el pacto final entre Jacob y Labán (cfr 31,26-32,3).