COMENTARIO

 Gn 31,13 

De modo semejante a como Dios había llamado a Abrahán (cfr 12,1), ahora habla a Jacob: «Sal de esta tierra…»; pero en el caso de Jacob se trata de volver a su tierra, puesto que había sido dada por Dios a Abrahán y en ella había nacido Jacob. En el trasfondo late la idea de que los dos grandes patriarcas, Abrahán como el receptor primero de las promesas y Jacob como el padre del pueblo de las doce tribus, han de ponerse en camino, dejando el lugar en que se encontraban, para llegar a la tierra prometida. Hay, sin embargo, una diferencia importante: Abrahán recibe la tierra como un don totalmente gratuito, mientras que Jacob, que representa más estrechamente al pueblo, la ha de recuperar como algo propio que le pertenece en virtud del don ya otorgado. Jacob, llamado por Dios a volver a su país natal, puede simbolizar la actitud del cristiano que una y otra vez es llamado a conversión, a volver al don originario de la gracia, a la casa del Padre. «La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver, mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 64).

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