COMENTARIO

 Gn 32,2-3 

La presencia de Dios sigue acompañando a Jacob tras separarse de Labán. Es lo que se quiere expresar al decir que le salieron al encuentro «ángeles de Dios». Por otra parte, también ahora se relaciona esta convicción con el nombre de un lugar: Majanaim, que significa «campamentos». Jacob no camina solo; junto a su campamento está el campamento de los ángeles de Dios. Este relato, y otros sobre los patriarcas (cfr Gn 19,15; 21,17; etc.) inspiraron sin duda las palabras del Salmo 91,11 «porque a sus ángeles ha dado órdenes, para que te guarden en tus caminos»; palabras que se cumplen perfectamente en la vida de nuestro Señor Jesucristo, cuando los ángeles le sirven tras las tentaciones del desierto (cfr Mt 4,11) y cuando llega un ángel a consolarle en el momento de la Pasión (cfr Lc 22,43). A la luz de estos datos podemos comprender la función que los ángeles tienen también en en la vida de la Iglesia que se beneficia «de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles (cfr Hch 5,18-20; 8,26-29; 10,3-8; 12,6-11; 27,23-25)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 334), y en nuestra propia vida, como nos exhorta a considerar San Josemaría Escrivá: «Contemplemos un poco esta intervención de los ángeles en la vida de Jesús, porque así entenderemos mejor su papel —la misión angélica— en toda vida humana. La tradición cristiana describe a los Angeles Custodios como a unos grandes amigos, puestos por Dios al lado de cada hombre, para que le acompañen en sus caminos. Y por eso nos invita a tratarlos, a acudir a ellos» (Es Cristo que pasa, n. 63).

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