COMENTARIO
A pesar del peligro y del temor que siente, Jacob toma una decisión importante en su camino hacia la tierra de Canaán: cruzar el río llevando consigo lo que le era más propio y querido. Del texto no puede deducirse a qué lado del río se encontraba Jacob personalmente tras aquella decisión; pero sí queda resaltado que está solo. Y ahí, en la soledad, Dios le sale misteriosamente al encuentro y transforma su personalidad. El relato muestra cómo Dios se reveló a Jacob constituyéndole en Israel, y otorgándole una bendición que se extiende a cuantos pertenecen a ese pueblo. Son evidentes los rasgos antropomórficos en la concepción de Dios. En ese lenguaje antropomórfico se destaca la fuerza de Jacob, a quien Dios, no pudiendo vencerle en la lucha, le disloca el fémur. Este hecho, y el que quiera retirarse antes del alba, hacen que Jacob reconozca a Dios en aquel con quien está luchando, y, aprovechando su fuerza y las circunstancias, quiera obtener la bendición. Antes, sin embargo, Jacob ha de identificarse, y Dios cambia su nombre: ahora es Israel.
El autor sagrado da la explicación del nombre de Israel en el contexto de la narración: «El que ha luchado con Dios». Así se resalta uno de los rasgos más relevantes de la personalidad del padre del pueblo elegido: su lucha para retener consigo a Dios, intentando conocer su nombre, y conseguir su bendición. Rasgo que definirá al mismo tiempo el carácter religioso del pueblo de Israel. Destaquemos la significación del intento de Jacob de conocer el nombre de su «rival», con lo que esto suponía en orden a tener un dominio sobre él. Pero Dios no se identifica. Permanece en el misterio, aunque otorga a Jacob su bendición. También éste será un rasgo que debe definir a Israel: la búsqueda continua del nombre de Dios, es decir, de su Ser más íntimo y su Misterio, sabiendo que a Dios nunca se le puede encerrar en la significación de ningún nombre.
Los rasgos con que aparece descrito el patriarca Jacob-Israel pesan efectivamente sobre el pueblo que lleva su nombre. El profeta Oseas hará una aplicación de este episodio a la resistencia ofrecida a Dios por Israel a lo largo de su historia (cfr Os 12,4-6). Aspecto que se puede ver reflejado también en la vida del patriarca: a pesar de su resistencia, Dios llevó a cabo, en él y mediante su vida, los proyectos de salvación que tenía para su pueblo. En este sentido habla el profeta Oseas del pueblo de Israel y del patriarca Jacob.
El carácter misterioso del personaje que lucha con Jacob ha hecho que se le hayan dado diversas interpretaciones en la tradición cristiana. Algunos Santos Padres, como San Jerónimo y San Agustín, entendieron que se trataba de un ángel bueno, ya que ésta es la forma más frecuente de revelarse Dios en el Antiguo Testamento. Orígenes, por el contrario, pensó que se trataba de un ángel malo, el demonio. Otros, como San Justino o San Ambrosio, sugieren que era el Hijo de Dios, el Verbo, que más tarde se haría hombre; o un ángel que prefiguraba a Cristo.
También ha sido entendida aquella lucha en un sentido espiritual, como tipo de la lucha interior y de la eficacia de la oración, que vence al mismo Dios (cfr Sb 10,12). «La tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia (cfr Gn 32,25-31; Lc 18,1-8)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2573). En este sentido explicaba San Ambrosio: «¿Qué es luchar con Dios sino emprender el combate de la virtud, y aspirar a lo más alto, haciéndose, por encima de todo, imitador de Dios? Y puesto que no podían ser vencidas su fe y su devoción, el Señor le reveló los misterios secretos» (De Iacob et vita beata 2,7,30).