COMENTARIO
Jacob, que no conoce las intenciones de Esaú, recurre a un último medio para ganar su favor: inclinarse a tierra siete veces, que equivale a reconocerle rey o emperador. Luego, al ver la actitud benevolente del rostro de su hermano, reconoce que así se le muestra la benevolencia del rostro de Dios que se le ha aparecido la noche anterior. A pesar de todo ello, Jacob sigue tomando precauciones y consigue convencer a Esaú de que vaya por delante, para tomar él luego otro camino. Así llega, a través del valle del Jordán, donde estaría situada Sucot, a la tierra prometida, a la ciudad de Siquem a la que había llegado también Abrahán al entrar en Canaán (cfr 12,6). Allí Jacob adquiere una propiedad y edifica un altar. Esto representa una toma de posesión en cierto modo solemne de la tierra, antes incluso de llegar a Betel que será el lugar propio donde se desenvuelve a continuación la vida del patriarca. El nombre del altar, El-Elohé-Israel, es como una confesión de fe: «Dios es el Dios de Israel».
Frente a Esaú, Jacob muestra, además de un profundo sentido de la fraternidad reflejado en el abrazo emocionado del v. 4, un comportamiento orientado por una gran prudencia. Es esta una virtud que brilla junto a otras en la vida del patriarca, ya que ha de actuar constantemente sopesando sus posibilidades en las difíciles situaciones que atraviesa. «La prudencia —nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica— es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. “El hombre cauto medita sus pasos” (Pr 14,15). (…) La prudencia es la “regla recta de la acción”, escribe Santo Tomás (S. th. 2-2,47,2), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es llamada “auriga virtutum”: conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de la conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar» (n. 1806).
Así comenta San Juan Crisóstomo la actitud de Jacob ante Esaú: «Nada hay más fuerte que la mansedumbre. Pues, lo mismo que se apaga el fuego al echarle agua, aunque arda mucho, así se calma el ánimo más ardiente que un horno, cuando se le habla con mansedumbre. De este modo obtenemos un doble beneficio: por una parte practicamos la mansedumbre, por otra, hacemos cesar la indignación del hermano y libramos su pensamiento de la turbación. El fuego no se puede apagar con fuego, y el furor no se apacigua con furor, sino que lo que el agua es para el fuego, son la mansedumbre y la humildad para la ira» (Homiliae in Genesim 58,5).