COMENTARIO
La marcha de Jacob de Siquem a Betel adquiere aquí los rasgos de una peregrinación religiosa: mandato divino, purificación antes de la partida, misteriosa protección de Dios, llegada al lugar y construcción de un altar, y aparición divina confirmando la nueva personalidad de Jacob como Israel y reafirmando las promesas hechas a Abrahán e Isaac. Alón Bacut significa «encina del llanto». El cambio de nombre Jacob-Israel (v. 10) que ya se había narrado en 32,23-32 refleja la utilización de varias tradiciones. Llama la atención la frecuencia con que Dios habla ahora a Jacob (cfr vv. 1.9.11). Sin duda el autor sagrado quiere resaltar con ese dato la presencia y familiaridad de Dios con el patriarca, una vez que éste está de nuevo en la tierra prometida; aunque, como hemos visto, la providencia divina tampoco lo abandonó cuando estaba lejos de ella. Esta forma de actuar Dios con Jacob nos enseña cómo interviene también con cada uno de nosotros, a quienes, mediante el bautismo, nos ha introducido en su Iglesia. «Considerad conmigo esta maravilla del amor de Dios: El Señor que sale al encuentro, que espera, que se coloca a la vera del camino, para que no tengamos más remedio que verle. Y nos llama personalmente, hablándonos de nuestras cosas, que son también las suyas, moviendo nuestra conciencia a la compunción, abriéndola a la generosidad, imprimiendo en nuestras almas la ilusión de ser fieles, de podernos llamar sus discípulos. Basta percibir esas íntimas palabras de la gracia, que son como un reproche tantas veces afectuoso, para que nos demos cuenta de que no nos ha olvidado en todo el tiempo en el que, por nuestra culpa, no lo hemos visto» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 59).