COMENTARIO

 Gn 46,1-5 

La bajada a Egipto podía poner en duda la promesa divina de dar la tierra de Canaán a los descendientes de Abrahán e Isaac. La intervención de Dios asegura a Jacob que esto entra también dentro de sus planes providenciales. En definitiva, Jacob desciende a Egipto por un mandato expreso de Dios. En Gn 26,2 Dios había prohibido a Isaac bajar a Egipto, como signo de que su tierra era Canaán. Ahora se requiere un mandato similar para abandonar la tierra. Como en todo el contexto de la época patriarcal, ese mandato se da en una visión nocturna, la última otorgada a los patriarcas. Tal mandato, sin embargo, no anula la promesa de la tierra: Dios mismo acompañará a Jacob a Egipto, y lo sacará de allí. La alusión va más allá de la referencia al entierro de Jacob en Canaán (cfr 50,1-14), pues apunta a la liberación del Éxodo.

La grandeza de Jacob no queda mermada por su bajada a Egipto, sino que, por el contrario, en este hecho queda reflejada la imponente dignidad del patriarca: «Pues ¿qué le falta a aquél a quien Dios acompaña? (…) ¿Quién es tan poderoso en su patria, como lo fue Jacob en un país extraño? ¿Quién tuvo tanta abundancia en la riqueza, como tuvo él en tiempo de hambre? ¿Quién fue tan fuerte en su juventud, como lo fue éste en su vejez? (…) ¿Quién tan rico en un reino, como éste siendo peregrino? Incluso él bendecía a los reyes (…) y ¿quién llamará pobre a aquél de cuyo trato no era digno el mundo? Pues su compañía estaba en el cielo» (S. Ambrosio, De Iacob et vita beata 2,9,38).

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