COMENTARIO

 Gn 49,8-12 

Con la descalificación anterior de las tres primeras tribus se prepara la exaltación de la tribu de Judá. Aunque Judá no era el primogénito, va a tener, sin embargo, la preeminencia, porque los tres hijos mayores la han perdido por sus pecados. El oráculo sobre Judá no sólo exalta la fuerza de Judá como la de un león, sino que anuncia que el cetro real se mantendrá en esa tribu hasta que llegue alguien a quien reconozcan las naciones y traiga la paz y la prosperidad. En ese alguien puede haber una referencia inmediata a David y a sus sucesores, pero el texto mismo apunta a un descendiente de Judá en el que culmine la realeza universal.

El término hebreo con el que se designa tal descendiente —siloh— ha sido interpretado por la tradición judía y cristiana en sentido mesiánico, uniéndolo a otros oráculos sobre la dinastía de David (cfr 2 S 7,14; Is 9,5ss.; Mi 5,1-3; Za 9,9). A la luz del Nuevo Testamento entendemos efectivamente el oráculo: la realeza en Israel surgirá de esa tribu con David, y se prolongará hasta el advenimiento del «Hijo de David», Jesucristo, en quien se cumplen todas las profecías (cfr Mt 21,9).

En las palabras del v. 11, «lava en vino su vestido, y en sangre de uvas su manto», algunos Santos Padres han visto aludida la pasión de Cristo. San Ambrosio, por ejemplo, interpreta el vino como la sangre de Cristo y «el vestido» como su Santísima Humanidad: «El buen vestido es la carne de Cristo, que descubre los pecados de todos, que asume los delitos de todos, que recoge los errores de todos. El buen vestido que viste a todos con el traje de la alegría. Lavó este vestido con vino cuando al ser bautizado en el Jordán, descendió el Espíritu Santo en forma de paloma y permaneció sobre él. (…) Pues Jesús lavó su vestido no para limpiar su suciedad que no tenía, sino la nuestra. Y en sangre de uva su sayo, es decir, limpió a los hombres con su sangre en la pasión de su cuerpo. (…) Y con razón habla de la uva, pues como una uva estuvo colgado del madero. Él es la vid y él es la uva: la vid porque se une al madero; la uva porque al ser traspasado su costado con la lanza fluyó sangre y agua. Agua como purificación, sangre como precio de rescate. Por el agua nos limpió; por la sangre nos redimió» (De benedictionibus Patriarcharum 4,24).

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