COMENTARIO
La descripción del entierro de Jacob recoge aspectos de las costumbres egipcias como la momificación —necesaria para el traslado del cadáver—, y explica al mismo tiempo el nombre de algunos lugares que no son hoy por hoy localizables, como el de «Abel-Misraim» que significa «duelo de Egipto». El pasaje prefigura ya la posterior subida de Israel, como pueblo, desde Egipto a la tierra prometida.
José, y con él sus hermanos, aparece aquí como modelo de obediencia y de piedad filial hacia su padre. Ya antes se había mostrado como un hijo lleno de amor y de reverencia hacia Jacob, y de preocupación por sus hermanos. Ahora no ahorra esfuerzos ni medios para cumplir la última voluntad de su progenitor y tributarle los honores que merece como padre suyo y de todo el pueblo de Israel. Tal conducta de José anticipa, de forma natural, lo que más tarde prescribirá en forma positiva el cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Así nos lo recuerda San Josemaría Escrivá: «El mandamiento de amor a los padres es de derecho natural y de derecho divino positivo, y yo lo he llamado siempre “dulcísimo precepto”. —No descuides tu obligación de querer más cada día a los tuyos, de mortificarte por ellos, de encomendarles, y de agradecerles todo el bien que les debes» (Forja, n. 21).