COMENTARIO
Se vuelve a narrar la revelación del nombre divino y la vocación de Moisés, que había sido relatada con amplitud en el capítulo tercero (cfr 3,1-4,17). Esta “tradición sacerdotal”, de donde probablemente está tomado el relato, suele fijarse más en los aspectos doctrinales que en los detalles episódicos. En este caso, es fácil señalar los temas en los que se pone el acento: el nombre de Yahwéh (v. 2); la identidad con el Dios de los Patriarcas (v. 3); la Alianza establecida desde antiguo (v. 4); el sentido teológico del éxodo («os sacaré», «os redimiré»: v. 6); la fórmula profunda de la Alianza («os constituiré en pueblo mío y seré vuestro Dios»: v. 7); la donación de la tierra prometida bajo juramento a los Patriarcas (v. 8).
El centro doctrinal de la «tradición sacerdotal» es la Alianza, que Dios hizo ya con Noé (Gn 9,8ss.) al final del diluvio, que ratificó después con Abrahán (Gn 17,1ss.) y que inauguró definitivamente con todo el pueblo elegido (Ex 19-24). Los pactos entre los hombres aseguran una convivencia pacífica cuando es entre iguales, como quizá ocurría entre los clanes nómadas del desierto; o formalizan un trato de favor, cuando se establecían, al terminar una guerra, entre el pueblo vencedor y el vencido, como atestiguan varios documentos hititas. En ambos casos las partes contratantes salen beneficiadas. En la Alianza divina las cosas son diferentes: Dios es el único que toma la iniciativa, el pueblo es el único que recibe el beneficio; Dios siempre cumple los compromisos que el pacto comporta, incluso cuando el pueblo quebrante el mandato principal de seguirle. La Alianza es, por tanto, el acto que mejor refleja el amor incondicional de Dios, primero al pueblo elegido, después a todos los hombres que en Cristo participan de la Nueva y eterna Alianza.