COMENTARIO

 Ex 13,1-2 

El texto sagrado relaciona la antigua costumbre de consagrar a Dios todos los primogénitos con los acontecimientos del Éxodo. Entre los fenicios se solía inmolar incluso a los niños primogénitos; en Israel, en cambio, nunca estuvo permitido el sacrificio de niños, como puede comprobarse en el relato del sacrificio de Isaac (Gn 22,1-14), sustituido al final por un cordero. La legislación transmitida en todas las tradiciones del Pentateuco (Ex 22,28-29; Nm 3,11-13; 3,40-45; Dt 15,19-23), ordenaba la ofrenda de todo primer nacido, pero los niños debían ser rescatados (Ex 13,13; 34,19-20; Nm 18,15). Tampoco debían ser sacrificados los animales impuros; de entre los animales domésticos, sólo el asno es considerado impuro y, por tanto, no debe ser derramada su sangre (que equivaldría a sacrificarlo), sino que debe ser desnucado o sustituido por el sacrificio de un cordero. Pero el niño primogénito siempre debe ser rescatado. Con el paso de los años, surgieron leyes y ritos sobre la consagración de los primeros nacidos al Señor y sobre su rescate, mediante un animal o incluso por unas monedas (Ex 34,20; Nm 3,40-51). Se sabe también que más tarde los levitas eran consagrados a Dios como sustitutos de los primogénitos (Nm 3,12-13; 8,16-18).

Esta ley que refleja el reconocimiento de que los hijos son un don de Dios y le pertenecen, llegó con pequeñas variantes hasta el tiempo del Nuevo Testamento: Jesucristo mismo se sometió a ella en un profundo acto de humildad (cfr Lc 2,22-24), en el que el evangelista vislumbra la condición mesiánica de Jesús.

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