COMENTARIO
La conquista de Canaán es contemplada poéticamente bajo la imagen del Mar Rojo; los pueblos atemorizados se comportan como las aguas del mar, se quedan inmóviles, petrificados, mientras los israelitas atraviesan triunfalmente sus territorios.
Siendo una recreación poética, el autor no pretende ceñirse al modo como de hecho ocurrió la conquista de la tierra; le bastan unas pinceladas generales sobre los pueblos que van a encontrar, sobre el «monte de la heredad» donde va a levantarse el santuario del Señor. Y no es necesario que esta parte fuera compuesta después de finalizada la conquista de Palestina; puede ocurrir que el compositor sagrado vislumbrara la posesión de la tierra de este modo portentoso, como muestra evidente de que ha sido obra del Señor, y como reconocimiento del dominio absoluto del Señor sobre todas las cosas, como se expresa en la última exclamación de fe: «El Señor reinará por siempre jamás» (v. 18). Las palabras finales tal como las tradujo la Vulgata «Dios reina en toda la eternidad y más», fueron utilizadas por algunos filósofos medievales para argumentar que no era exacto decir que Dios es eterno, pues parece que algunas cosas creadas también son para siempre. Habría que decir, por tanto, que Dios está por encima de la eternidad. Santo Tomás responde con su precisión característica que, por una parte, Dios supera en su existencia cualquier duración imaginable; y, por otra, «aun en el supuesto de que algo existiera siempre, como algunos filósofos afirman del movimiento de los cielos, sin embargo el reino de Dios se extiende más allá, en cuanto que su reino es total siempre y en cada instante» (Summa theologiae 1,10,2 ad 2).