COMENTARIO
El prodigio del maná y de las codornices tuvo enorme importancia como manifestación de la especial providencia de Dios para con su pueblo durante su peregrinación por el desierto. Está narrado aquí y en Nm 11, pero en ambos relatos están combinados los hechos con su significado y su proyección cultual y ética.
No faltan los que han querido identificar el maná con una secreción dulce que brota del tamarisco (tamarix mannifera) al ser picado por unos insectos que abundan en las montañas del Sinaí. Las gotas destiladas se solidifican con el frescor de la noche y algunas llegan a caer al suelo. Son de color blanco, como de cera virgen. Hay que recogerlas temprano porque se derriten a los veintiún grados centígrados. Los árabes actuales lo siguen recogiendo y apreciando como golosina y como ingrediente para endulzar parte de su repostería.
Las codornices, como es sabido, cruzan la península del Sinaí en sus vuelos migratorios de ida y vuelta entre África y Europa o Asia. En mayo o junio, cuando retornan de África, suelen posarse en la península del Sinaí, exhaustas después de un larguísimo viaje sobre el mar. Entonces resulta fácil atraparlas.
Ahora bien, aunque estos fenómenos pueden ilustrar la aparición del maná y de las codornices lo importante es que son entendidos por los israelitas como acciones prodigiosas de Dios. El autor sagrado se detiene sobre todo en el impacto que el maná produjo en los hijos de Israel. Incluso el nombre refleja la perplejidad de aquellos hombres, que exclaman al verlo: «¿Qué es esto?», que en hebreo suena man hû, es decir, maná (v. 15), como tradujo la versión griega. Más aún, la necesidad de recolectarlo a diario da pie a recriminar la avaricia de algunos (v. 20) que no entendían el alcance del don de Dios (v. 15). Y así como el maná es una donación divina para remediar la necesidad más perentoria de alimentarse, también los preceptos divinos, en concreto, el precepto del sábado son un don gratuito del Señor (v. 28). De esta forma, la obediencia no es una carga pesada, sino el ejercicio de la propia capacidad para recibir los beneficios que Dios otorga a los que obedecen.
El prodigio del maná tendrá una resonancia constante a lo largo de la Biblia: en la «tradición deuteronomista» es una prueba que Dios pone al pueblo para que comprenda que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra (mandamiento) que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). El salmista descubre en el maná «el pan de los fuertes (de los ángeles, traduce la Vulgata), dado en abundancia, como corresponde a Dios» (Sal 78,23ss.; cfr Sal 105,40). El libro de la Sabiduría desarrolla las características de este «pan del cielo que contiene en sí todo deleite» (Sb 16,20-29). Y el Nuevo Testamento revela toda la profundidad de este alimento «espiritual» (1 Co 10,3), pues, como enseña el Catecismo, «el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía, “el verdadero Pan del Cielo” (Jn 6,32)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1094).