COMENTARIO
El pueblo de Dios se configura sobre la igualdad de derechos de cada uno de sus miembros. Ya en el inicio de la constitución del pueblo hay un sentimiento de preocupación social al poner límites a la posesión de bienes. La avaricia supone una grave falta de confianza en el Señor que «cada día» concede los bienes suficientes. El episodio del maná confirma la necesidad de confiar sólo en Dios; así, cuando alguien pretendía acaparar más de lo necesario, se le pudría (vv. 20-21). La Biblia y después la Iglesia han estado atentas para iluminar las cuestiones sociales y, en concreto, el derecho y limitaciones de la propiedad privada: «La tradición cristiana, escribe San Juan Pablo II, no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e inviolable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la creación entera: el derecho a la propiedad privada como subordinada al uso común, al destino universal de los bienes» (Laborem exercens, n.14).