COMENTARIO
El sábado es el día consagrado al Señor por entero; por tanto, no está permitido dedicarse a las faenas habituales de los demás días. El descanso del día séptimo tiene, por una parte, un carácter social, puesto que es reflejo de la organización del calendario por semanas, y fundamenta la organización laboral con la obligación de dar un día de descanso a todos los de la casa, incluidos los animales. Pero es, ante todo, el carácter religioso lo que destaca la Sagrada Escritura, y esto en su doble razonamiento: como imitación de Dios y como conmemoración del don de la libertad–salvación obtenida en el Éxodo. Para fundamentar que la observancia del sábado supone imitar a Dios (cfr el Decálogo en 20,11), la «tradición sacerdotal» narra la creación en seis días de tal modo que Dios descansó y bendijo el séptimo (Gn 2,1-3). Para enseñar que cada sábado conmemoraba la liberación del Éxodo (cfr el Decálogo en Dt 5,15), la misma «tradición sacerdotal» subraya en el prodigio del maná, recogido en este texto, la observancia del descanso sabático.
En el fondo de la narración laten tres ideas básicas: ante todo, que siendo el maná el primer prodigio que Dios realiza con su pueblo constituido como tal en el desierto, también el sábado es el primer beneficio y mandamiento que Dios entrega. Su cumplimiento es lo más específico del buen israelita. Por otra parte, el precepto determina que el sábado debe celebrarse en el día séptimo. Y no menos importante, su origen se remonta al mismo Moisés, quien como portavoz de Dios explica el sentido de los acontecimientos (vv. 17.23-25.28-29). Históricamente, los hijos de Israel irán tomando conciencia del carácter sagrado del sábado, y, especialmente durante el destierro de Babilonia, ese día tendrá todo el relieve que encontramos reflejado en los distintos textos bíblicos.
En tiempos del Nuevo Testamento algunos fariseos y otros movimientos religiosos recargaron de minuciosas prescripciones la observancia del sábado, con riesgo de olvidar su alcance religioso de don benéfico. Nuestro Señor recupera su verdadero sentido cuando dice: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27).
Los cristianos, desde muy pronto, comprendieron que el sábado, conmemoración de la intervención divina en la creación y en la salida de Egipto, era figura de la suprema intervención divina en la resurrección de Jesús. Y comenzaron a celebrar el día en que Jesucristo resucitó como dies dominica, día del Señor. Así, el domingo no es un desplazamiento del sábado bíblico, sino el gran día que conmemora la Redención definitiva realizada por Cristo, asumiendo el sentido religioso que tenía el sábado en el Antiguo Testamento (cfr Hch 20,7; 1 Co 16,2; Ap 1,10). El Domingo «realiza plenamente, en la Pascua de Cristo, la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2175).