COMENTARIO

 Ex 18,13-27 

Moisés, como dirigente del pueblo, ejercía personalmente todo poder, religioso, legislativo y judicial. Pero la historia del pueblo atestigua que, aun manteniendo que toda potestad es sagrada, hay una progresiva separación entre lo estrictamente religioso y lo político. La Biblia conserva en distintos lugares huellas de que la organización jurídica de Israel fue casi siempre tomada de los pueblos circundantes. Según este texto, la institución de los jueces la aprendieron de los madianitas, que se gobernaban como los pueblos de Tiro, Cartago y tantos otros. En la época de Samuel nacerá la monarquía, cuando los mismos israelitas pidan «un rey que nos gobierne como en las demás naciones» (1 S 8,5). La originalidad del pueblo de Israel no radica en su organización política o en su estructura, sino en su misión religiosa y en su carácter de pueblo elegido, en cuyo seno habrá siempre quien inculque al pueblo «los decretos y las leyes» y les dé a conocer «el camino que deben seguir y las obras que deben realizar» (v. 20).

Este relato ilumina el alcance humano y, a la vez, trascendente de la autoridad pública en la sociedad: «Es evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre elección de los ciudadanos (cfr Rm 13,1-5)» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 74).

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