COMENTARIO
Los sacrificios diarios se ofrecían desde muy antiguo en Israel, como lo atestigua el relato de Elías (cfr 1 R 18,29) y la ofrenda de Ajaz, rey de Israel (2 R 16,13). Pero con la minuciosa normativa que aquí se recoge (cfr Ez 46,13-15; Lv 6,2-6) parece que no se practicaron hasta después del destierro.
En lenguaje cultual un «décimo» de flor de harina equivale a un décimo de efah de flor de harina (cfr Lv 5,11; 6,13), es decir, a un décimo de la capacidad de un recipiente de unos 21 litros (cfr nota a Ex 16,32-36). Un hin, utilizado para el aceite, el vino o el agua, equivale aproximadamente a 3,5 litros.
El culto en Israel sufriría con el paso de los años muchas modificaciones, pero a pesar del peligro permanente de caer en un formalismo externo siempre mantuvo la idea de que los hombres pueden acceder a Dios, presente entre los suyos. Los vv. 44-46 reflejan con claridad que el culto es expresión de la fe en Dios, salvador de la esclavitud de Egipto. En la nueva Liturgia que nace de la obra redentora de Cristo, cada uno de los ritos forma parte de la acción sublime de Cristo Sacerdote, especialmente presente en su Iglesia, que tributa el culto debido a Dios Padre y alcanza la gracia a los fieles: «En esta obra tan grande (la Liturgia) por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa, la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7).