COMENTARIO

 Ex 33,1-6 

La orden de partida del Sinaí se fundamenta no tanto en la salida–alianza, que se adjudica a Moisés sino en el juramento–promesa que Dios hizo a los Patriarcas. Esto significa que la situación ha variado radicalmente después del episodio del becerro de oro.

El Señor mantiene la promesa de conducir al pueblo hasta la tierra prometida, pero no con su asistencia inmediata. La presencia del ángel (v. 2) que se había entendido como señal de protección (cfr 23,20; Nm 20,16), es interpretada ahora como castigo, porque significa que el Señor ha decidido quedarse lejos y enviar un intermediario. Esta decisión provocó una gran tristeza en el pueblo y sólo tras una nueva intercesión de Moisés será revocada (vv. 15-17).

El castigo que Dios inflige al pueblo negándole su presencia sensible recuerda el castigo del pecado de Adán (cfr Gn 3,24). Si aquél era el primer pecado del hombre, después de su creación, éste es el primero del pueblo, después de su constitución por la Alianza del Sinaí. Allí les expulsó de su presencia; ahora se niega a acompañarles. Allí ordenó al ángel que se interpusiera y les obligó a abandonar los bienes del paraíso; ahora también encomienda a su ángel una función de intermediario y obliga a los israelitas a despojarse de las joyas que probablemente habían utilizado en la fiesta del becerro de oro (vv. 5-6); más aún, Dios exige que se desprendan de ellas para mostrar de esta forma una actitud de conversión que deberán mantener durante el resto de su peregrinación en el desierto.

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