COMENTARIO
Ésta es una entrañable oración de Moisés con dos peticiones: que Dios le enseñe el camino y que acompañe a su pueblo. El «camino» no es sólo la ruta material por el desierto, de la que Moisés y los suyos eran expertos, sino más bien las pautas de conducta. Este mismo sentido tiene en otros textos bíblicos, especialmente en los Salmos y como tal se ha usado en la ascética cristiana. «“Señor, indícame tus caminos, enséñame tus sendas” (Sal 25,4). Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas, para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la caridad» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.1).
El Señor accede también a la segunda petición de acompañar al pueblo (vv. 15-17), con lo cual queda sin efecto el castigo que Dios mismo había anunciado antes (v. 3). De esta forma la presencia protectora de Dios seguirá siendo la señal distintiva de Israel. «Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cfr Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor (cfr Ex 33,12-17)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 210).
Nuestro Señor manifiesta su amor a su pueblo, aproximándose a él. Lo mismo hace con cada alma: «Tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más sumo mío» (S. Agustín, Confesiones, 3,6-11). Al llegar la plenitud de la Revelación, el Evangelio de San Juan enseña que en la Encarnación culmina la presencia de Dios entre los hombres: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).