COMENTARIO

 Ex 33,18-23 

Moisés pide un conocimiento más íntimo de Dios: ver su gloria, es decir, su naturaleza, su misma realidad divina. Pero, siendo Dios infinito, es imposible que el hombre, por su limitación de criatura, pueda comprenderlo o abarcarlo plenamente. Con frecuencia se lee que «nadie puede ver el rostro de Dios y permanecer con vida» (cfr v. 20; Gn 32,30; Ex 19,21; Dt 4,33; Jc 6,22-23). Para indicar la excelsa grandeza de Dios, la Escritura dice que incluso los Serafines ocultan su rostro ante la presencia del Señor (cfr Is 6,2).

La visión de Dios que aquí se narra de modo misterioso, es señal de un favor singular a Moisés, «amigo de Dios» (cfr Nm 12,7-8; Dt 34,10). Pero ni siquiera es una visión clara, sino sólo de espaldas, como indicando que el hombre sólo puede llegar a descubrir a Dios en las huellas que deja. Esta visión fue un privilegio muy especial, que volverá a repetirse con el profeta Elías (cfr 1 R 19,9-13). Precisamente estos dos personajes aparecerán en la Transfiguración en el Tabor (cfr Mt 17,1-7); allí se hizo patente la divinidad de Jesucristo. Sólo Él ha visto a Dios y lo ha dado a conocer (cfr Jn 1,18). La visión más plena de Dios la alcanzan los bienaventurados en el Cielo (cfr 1 Co 13,12; 1 Jn 3,2).

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