COMENTARIO

 Lv 5,7-13 

De las consideraciones hacia los más humildes (cfr 14,21; 27,8), se puede deducir que, en definitiva, la importancia del sacrificio no estaba tanto en el valor de la víctima ofrecida, cuanto en las debidas disposiciones de los oferentes. La contrición y el pesar por haber pecado ha sido siempre fundamental en las relaciones con Dios: «Tienes ya algo que ofrecer —comenta San Agustín—. No eches la vista a tus rebaños ni prepares navíos para ir a naciones lejanas en busca de aromas. Busca en el interior de tu corazón aquello que es agradable a Dios. Hazte un corazón contrito. ¿Temes que perezca un corazón contrito? Dice el salmo: ¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro. Para que Dios pueda crear un corazón puro se ha de destruir el corazón impuro» (Sermones 19,3).

Un efah era una medida de áridos equivalente a 21 litros (cfr nota a Ex 16,32-36). No se añadía aceite ni incienso, como en las oblaciones (cfr 2,1-2), por no tratarse de sacrificios de alegría, sino de pesar por el pecado cometido contra Dios.

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