COMENTARIO
Las normas relacionadas con la impureza que deriva de la generación y todo lo relacionado con ella constituyen un tema que se volverá a tratar en el cap. 15.
Sobre el precepto de la circuncisión (v. 3) ya se habla también en Gn 17,10-14. El Catecismo de la Iglesia Católica considera la circuncisión como prefiguración del Bautismo (cfr n. 527); por otro lado el hecho de que se hiciera al octavo día del nacimiento es tomado por el Catecismo Romano como figura para el Bautismo de los niños: «la circuncisión, que fue figura del Bautismo, corrobora en sumo grado esta costumbre, porque nadie hay que ignore que los niños solían ser circuncidados al día octavo. Y es evidente que a aquellos mismos a quienes era saludable la circuncisión hecha por mano de hombre cortando carne del cuerpo, es saludable el Bautismo, que es la circuncisión de Cristo no hecha por mano de hombre» (2,2,32).
Es común a los pueblos, desde antiguo, considerar sagrado aquello que se relaciona con el sexo y su función generadora. El nacimiento de un nuevo ser a la vida siempre es señal de la bendición divina. Por otra parte, Dios mismo ordena a la primera pareja que crezca y se multiplique (cfr Gn 1,28). Ese aspecto sagrado de la generación es lo que hizo que en algunos pueblos antiguos el culto se relacionara con prácticas sexuales, dándose el caso de la llamada «prostitución sagrada»; de hecho, en ocasiones, a la malicia moral de ciertos actos desordenados se añade, sobre todo, su relación con la idolatría.
Por otra parte, el abuso que ha hecho el hombre de esas facultades fecundadoras buscando unos fines de mera complacencia, ajenos a la naturaleza misma del sexo, originó sentimientos de rechazo por ser considerados rectamente como vergonzosos. Tales sentimientos se traducen en esas normas de purificación y de estima de la virginidad y de la continencia, sobre todo en lo relacionado con el culto a Dios; de ahí las disposiciones que prohibían realizar el acto conyugal cuando alguien se relacionaba con lo sagrado (cfr 1 S 21,5-7). Por lo demás, la naturaleza misma del hombre siente un instintivo pudor en relación con el sexo. El relato del Génesis sobre la desnudez de nuestros primeros padres (cfr Gn 2,25; 3,7), antes y después del pecado, atestiguan ese dato, recogido también por San Pablo al considerar cómo los miembros menos decentes «los tratamos con mayor decoro» (1 Co 12,23). Así pues, en los pueblos antiguos, incluido Israel, todo lo relacionado con la generación estaba envuelto en el misterio, conjugándose la veneración, a veces idolátrica, con un rechazo en ocasiones irracional. Se hacía, pues, muy conveniente dictar normas sobre esta materia.