COMENTARIO

 Lv 12,5-8 

La distinta purificación de la madre, según la criatura fuera niña o niño, es debida, por una parte, a la creencia en aquel tiempo sobre la mayor dificultad existente en la gestación de una hembra, lo cual conllevaría, según se lee en Hipócrates, una más larga convalecencia. Por otra parte, es conocida la persuasión de muchos pueblos antiguos acerca de la inferioridad de la mujer. En Israel se daba en esa época la misma opinión, influida quizá por una errónea interpretación del relato del pecado original, en el que Eva pecó primero e indujo al hombre a pecar (cfr Gn 3,1-7). De todas formas, en Israel, en comparación con las culturas de entonces, había una mayor consideración de la mujer. De hecho, en el mismo relato de la creación, se enseña claramente la igualdad esencial del hombre y la mujer al referir que «creó Dios al hombre a su imagen: a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gn 1,27).

En el Nuevo Testamento hay pasajes que, falsamente interpretados, han inducido a algunos a considerar que la mujer es inferior al hombre. Sin embargo, es preciso afirmar que cuando se habla del hombre sin más, se está incluyendo también a la mujer. Por otra parte, como enseña San Pablo, después de la Redención, todos somos «hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús… Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer» (Ga 3,26.28). San Juan Pablo II defiende la dignidad de la mujer y su igualdad esencial con el hombre, derivada del mismo nombre de mujer: «En el lenguaje bíblico este nombre indica la identidad esencial con el hombre: ‘is-’issah, cosa que, por lo general, las lenguas modernas no logran expresar. “Ésta será llamada mujer (’issah), porque del varón (’is) ha sido tomada” (Gn 2,25)» (Mulieris dignitatem, n. 6). El Papa se fija de modo particular en la figura excelsa de Santa María ya que ella «es “el nuevo principio” de la dignidad y vocación de la mujer, y de todas y cada una de las mujeres» (ibidem, n. 11).

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