COMENTARIO

 Lv 16,1-34 

Por la conexión de este pasaje con el cap. 10, así como su posterior descripción en 23,26ss., algunos autores han pensado que este texto es producto de fragmentos yuxtapuestos en época posterior, quizá dentro de la corriente restauradora emprendida por Ezequiel. Sin embargo, después del exilio no existía ya el Arca de la Alianza, ni el Propiciatorio, elementos esenciales en los ritos de esta fiesta. Por otra parte, Esdras al hablar de las instituciones postexílicas, hacia el año 450 a.C., no menciona la fiesta de la Expiación. De ahí que sea posible que estemos ante elementos antiguos, enriquecidos posteriormente. Apoya esta teoría la antigüedad de fiestas parecidas al Día de la Expiación en remotas civilizaciones, como la de Babilonia. También en Atenas y en Roma había fiestas similares. En la capital del Imperio romano, por ejemplo, se celebraba cada cinco años un lustro (de ahí el verbo lustrar, limpiar o bruñir); es decir, cada cinco años se expiaban los pecados logrando así “limpiar” al pueblo.

En Israel, dadas la múltiples normas cultuales, era muy fácil infringir alguna de ellas, aparte de otras faltas que se cometían y quedaban sin expiar.

En cualquier caso, el Día de la Expiación llegó a ocupar un lugar preeminente en el calendario judío. Además de Yôm Kippur, se llamaba el «gran día», Yoma rabbá. Se ofrecía por todo el pueblo, que se unía fervorosamente a su celebración, esperando el perdón de Dios. Se celebraba el día diez del mes séptimo, Tisré, a principios del otoño, cinco días antes de la fiesta de los Tabernáculos.

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