COMENTARIO
Estos capítulos constituyen lo que suele llamarse la «Ley de Santidad» o «Código de Santidad». Forman una parte muy importante del libro del Levítico. La «Ley de Santidad» muestra claras semejanzas con las disposiciones litúrgicas del libro de Ezequiel. Aunque no es fácil establecer críticamente, parece lo más razonable considerar que la tarea de reconstrucción de la vida del pueblo de Israel tras el exilio de Babilonia, que aborda el libro de Ezequiel, debió de inspirarse en la normativa recopilada en el Levítico.
A lo largo de toda la Biblia, la santidad es uno de los atributos propios y esenciales de Dios; aunque no sea nota exclusiva del Levítico, en este libro está quizá particularmente subrayada (cfr 11,44-45; 19,2; 21,8.15; 22,32; cfr Is 1,4; 5,19.24). Aspectos relevantes de la santidad de Dios son los de su transcendencia e inaccesibilidad, que producen en el hombre temor y respeto religiosos (cfr Ex 19,12; 2 S 6,7). De esa santidad participan algunas personas (cfr Ex 19,6), de modo especial los sacerdotes (cfr Lv 21,6) y algunos tiempos y lugares (cfr Ex 16,23).
Junto a la idea de santidad se manifiesta la de pureza ritual, por su conexión con el culto. De ahí que la Ley de Santidad venga a ser también la «ley de pureza». En el proceso de la revelación del Antiguo Testamento, lo santo o sagrado se separa de lo profano en cuanto que lo profano se constituye en lejanía de Dios, en apartamiento de Él, confundiéndose con lo pecaminoso, mientras lo santo es acercamiento a Dios, santificación moral a través de la purificación ritual.
Por todo lo dicho, se comprende que la normativa contemplada en los capítulos de la Ley de Santidad se dirija a adquirir y conservar, en primer lugar, la pureza ritual en sacrificios, personas, instituciones y, sobre todo, en los sacerdotes; todo ello es soporte de un perfeccionamiento moral más interior: el Dios Santísimo debe ser tratado santamente.
Jesucristo, mediante la Encarnación, al asumir plenamente la naturaleza humana con sus limitaciones, ha sublimado y transcendido la tensión entre lo profano y lo sagrado. Ha interiorizado la Ley, yendo a su núcleo y raíz: el amor a Dios y a los demás. En esta línea, San Pablo podrá enseñar: «Y todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,17). «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10,31).