COMENTARIO
La santidad que se pide a los israelitas va más allá de lo meramente ritual. Como en 20,26, se exhorta a dicha santidad por la razón suprema de que el Señor es Santo. Tanto el precepto de respeto a los padres, como la obligación de guardar el sábado y la prohibición de la idolatría son mandamientos del Decálogo ya recogidos en Ex 20,3-4.12; 21,15.17. También las disposiciones sobre los sacrificios de comunión fueron contempladas en Lv 7,11-15. Igualmente, las normas en favor de los más débiles son repetidas en varias ocasiones (cfr 23,22; Dt 24,19-22).
Los vv. 2 («sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo»; cfr también 20,26) y 18 («Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor»; cfr también 19,33-34) condensan toda la ética del libro del Levítico y aun de toda la Ley de Dios. Así lo explicará después Jesucristo, según lo reporta Mt 22,34-40 (textos paralelos en Mc 12,28-31 y Lc 10,25-28): «Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Él le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas”».